Cuando contemplamos hoy el Circo Romano de Mérida, posiblemente lo primero que nos sorprenda sean sus dimensiones. Una enorme extensión de terreno que obliga a nuestra imaginación a realizar un esfuerzo mayor que en otros monumentos romanos de la ciudad.

En el Teatro todavía tenemos escenario; en el Anfiteatro reconocemos perfectamente la arena y sus graderíos. El Circo, sin embargo, exige algo más de nosotros:

hay que devolverle el ruido.

Porque hubo un tiempo en el que este lugar fue uno de los escenarios más bulliciosos de Augusta Emerita.

El edificio debió levantarse durante los primeros años del siglo I d. C., poco después de la fundación de la ciudad. Era el mayor de los edificios destinados a espectáculos públicos de Mérida y su graderío podía albergar aproximadamente a 30.000 espectadores.

Treinta mil personas esperando una carrera.

Intentemos por un momento olvidarnos del silencio que encontramos hoy. Imaginemos las voces del público, los caballos nerviosos antes de la salida, los preparativos de los carros, las apuestas, las discusiones entre seguidores y el estruendo que debía producirse cuando los aurigas aparecían ante las gradas.

Porque los romanos también tenían sus colores.

Los aficionados se agrupaban alrededor de diferentes factiones, identificadas principalmente por cuatro colores: rojo, blanco, verde y azul. Russata, albata, prasina y veneta.

No era únicamente una cuestión deportiva. Detrás de cada facción había seguidores apasionados y los aurigas podían alcanzar una popularidad extraordinaria.

Quizá aquí esté una de las claves para comprender el Circo Romano de Mérida: no pensar solamente en el edificio, sino en quienes lo llenaban.

Los aurigas, los verdaderos héroes del Circo Romano

Los carros esperaban su momento en las cárceres, situadas junto a la gran puerta por donde entraba la procesión previa al espectáculo.

Antes de comenzar las carreras podían desfilar músicos, sacerdotes, imágenes religiosas y, naturalmente, los propios aurigas.

Después llegaba el momento que todos esperaban.

La salida.

Caballos y carros irrumpían en una pista cuya arena ocupaba aproximadamente 30.000 metros cuadrados. En el centro se encontraba la spina, la gran barrera longitudinal alrededor de la cual se desarrollaban las carreras y que estaba decorada con esculturas, monumentos y otros elementos ornamentales.

Cada giro alrededor de sus extremos era uno de los momentos más peligrosos.

No debemos imaginar aquellos carros como vehículos pesados. Eran estructuras ligeras concebidas para alcanzar velocidad, tiradas por dos o cuatro caballos.

En el caso de las célebres cuadrigas, cuatro animales lanzados a la carrera mientras el auriga intentaba mantener el control y, al mismo tiempo, encontrar la mejor posición frente a sus rivales.

Las carreras acostumbraban a desarrollarse durante siete vueltas.

Pero siete vueltas podían ser muy largas.

Un error al tomar la curva, un caballo que perdiera el ritmo, el choque con otro carro o una maniobra demasiado arriesgada podían convertir al favorito en una víctima en cuestión de segundos.

Y precisamente ese peligro formaba parte del espectáculo.

Marcianus y Paulus todavía nos miran

A veces la arqueología nos permite poner nombre a personas que vivieron hace muchos siglos y entonces la historia deja de parecernos tan lejana.

En el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida conservamos un magnífico mosaico en el que aparecen dos aurigas victoriosos: Marcianus y Paulus.

Los dos conducen sus cuadrigas y aparecen con la palma del triunfo. Sus nombres quedaron escritos junto a sus imágenes y uno de los caballos también fue identificado: Inluminator, “el que guía”.

Cuando explico este mosaico siempre me parece interesante recordar que no estamos viendo personajes mitológicos.

Aquellos hombres pudieron ser admirados por los habitantes de Augusta Emerita de una manera muy parecida a como hoy admiramos a determinados deportistas.

Tuvieron nombre.

Tuvieron seguidores.

Tuvieron victorias.

Y seguramente también tuvieron rivales.

De repente las piedras del Circo empiezan a resultar algo menos silenciosas.

Bernabé Moreno de Vargas y una historia de conservación del Circo

Pero la historia del Circo Romano no terminó cuando dejaron de correr las cuadrigas.

Hay otro episodio, mucho más cercano a nosotros, que siempre me ha parecido especialmente significativo.

Durante el siglo XVII, la gran explanada del Circo perteneció a la familia Moreno de Vargas, una familia emeritense de la que surgieron escritores e historiadores.

Entre ellos destacó don Bernabé Moreno de Vargas, regidor de la ciudad de Mérida y autor de importantes trabajos sobre su historia.

En aquellos terrenos se cultivaba cebada.

Podría parecer una anécdota menor, pero nos permite imaginar el Circo muchos siglos después de la desaparición de los espectáculos romanos: las antiguas gradas, los restos de muros y las piedras del edificio conviviendo con campos de cultivo.

En alguna ocasión preguntaron a Bernabé Moreno de Vargas por qué no desmontaba aquellas piedras. Eliminándolas habría podido ganar terreno para ampliar el campo de cebada que ocupaba el interior.

Su respuesta resulta extraordinariamente moderna.

Se negó.

Consideraba que las familias de Mérida debían estar dispuestas a conservar un patrimonio histórico de semejante importancia.

Es una reflexión que adquiere todavía más valor si recordamos que estamos hablando del siglo XVII, una época en la que la conservación arqueológica distaba mucho de entenderse como la entendemos actualmente.

Cuatro siglos después podemos seguir contemplando parte de aquel Circo.

Y quizá convenga recordar que los monumentos no llegan hasta nosotros únicamente porque hayan resistido el paso del tiempo.

A veces llegan también porque alguien decidió no destruirlos.

Del Circo Romano a los campos de Mérida

Después de las carreras, el edificio sobrevivió durante siglos, aunque el uso para el que había sido construido acabó desapareciendo.

Como ocurrió con tantos monumentos antiguos, algunos de sus materiales fueron aprovechados posteriormente para otras construcciones y el enorme recinto adquirió nuevos usos.

Fue terreno de cultivo y pastos y, en épocas mucho más cercanas a nosotros, espacio para ejercicios y actividades militares.

El espectáculo había terminado y las gradas se fueron apagando.

Pero el edificio nunca desapareció completamente.

Qué hace diferente la visita al Circo Romano de Mérida

Quizá sea precisamente su enorme espacio abierto lo que hace tan particular visitar el Circo Romano de Mérida.

En otros monumentos de la ciudad la arquitectura nos ayuda a reconstruir el pasado.

Aquí debemos hacer justamente lo contrario.

Tenemos que mirar la gran extensión de la antigua arena y llenarla nosotros.

Treinta mil espectadores.

Cuatro caballos acercándose a la curva.

Un auriga sujetando las riendas.

Los seguidores de la facción azul levantándose de sus asientos mientras los partidarios de la verde gritan desde el otro lado.

Queda una vuelta.

Y por unos instantes el Circo Romano de Mérida vuelve a tener público.

Translate »