Una mirada íntima al Teatro Romano de Mérida

Cuando realizamos una visita al Teatro Romano de Mérida, resulta fácil comenzar hablando de fechas, medidas, aforos o elementos arquitectónicos.

Todo eso es importante.

Pero, después de muchos años entrando en este monumento acompañado de visitantes, tengo la sensación de que limitarse a contar esos datos sería quedarse solamente con una pequeña parte de su historia.

Porque un teatro nunca fue solamente un edificio.

Fue, sobre todo, un lugar donde otras personas contaban historias.

Y lo extraordinario del Teatro Romano de Mérida es que, después de más de dos mil años, continúa haciéndolo.

Mucho más que un montón de piedras

El Teatro fue inaugurado entre los años 16 y 15 a. C., en tiempos de Augusto, y su construcción estuvo promovida por Marco Agripa.

Durante siglos permaneció parcialmente oculto bajo tierra. De aquel enorme edificio apenas sobresalían las conocidas popularmente como Siete Sillas, aquellos grandes bloques del graderío alrededor de los cuales la imaginación de los emeritenses fue creando sus propias historias.

Hasta que en 1910 comenzaron las excavaciones sistemáticas dirigidas por José Ramón Mélida y Maximiliano Macías.

Poco a poco la tierra fue devolviendo el teatro.

Aparecieron las gradas.

La orchestra.

Las esculturas.

Las columnas.

Y finalmente aquel magnífico frente escénico que hoy constituye una de las imágenes más reconocibles de Mérida.

Pero todavía faltaba algo.

Un teatro puede excavarse.

Puede estudiarse.

Puede reconstruirse.

Pero mientras no haya alguien sobre el escenario y alguien sentado frente a él, sigue faltándole una parte de su alma.

Cuando el Teatro volvió a tener actores

Eso ocurrió en 1933.

Aquel verano Margarita Xirgu apareció nuevamente sobre el escenario del Teatro Romano interpretando a Medea, en la versión de Miguel de Unamuno de la tragedia de Séneca.

Después de casi dos mil años, las palabras volvieron a resonar entre aquellas columnas.

Las gradas volvieron a tener espectadores.

El escenario volvió a tener actores.

Y el Teatro volvió a ser teatro.

Aquella representación fue el comienzo del actual Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, uno de los grandes acontecimientos culturales de nuestra ciudad.

Siempre me ha gustado pensar en ese momento.

Porque probablemente quienes construyeron este edificio en tiempos de Augusto nunca imaginaron que, veinte siglos después, otros actores volverían a representar tragedias y comedias sobre el mismo escenario.

Y, sin embargo, así ha sido.

Cornelia Nothis y las mujeres del escenario

Pero mucho antes de Margarita Xirgu hubo otras mujeres relacionadas con el teatro.

La arqueología nos ha permitido conocer incluso el nombre de alguna de ellas.

Cornelia Nothis fue una actriz vinculada a la antigua Augusta Emerita.

No sabemos qué papel interpretó aquella mujer ni podemos reconstruir una de sus representaciones.

Quizá participara en mimos, pantomimas o algunas de aquellas formas teatrales que apasionaban al público romano.

Pero conocemos su nombre.

Y eso basta para que durante unos segundos deje de ser una figura anónima perdida hace dos mil años.

Cornelia.

Una mujer que posiblemente conoció este teatro cuando todavía estaba lleno de voces.

Cuando había decorados.

Cuando el público ocupaba las gradas.

Cuando detrás del escenario los actores esperaban su momento para entrar en escena.

La distancia entre aquella mujer y Margarita Xirgu es de casi veinte siglos.

Pero ambas forman parte de la misma historia.

La historia de un escenario que se niega a permanecer vacío.

Los romanos también admiraban a sus actores

El mundo del espectáculo romano podía crear personajes extraordinariamente populares.

Una de aquellas mujeres fue Citeris, actriz y bailarina, liberta y célebre en la sociedad romana del siglo I a. C.

Su relación con Marco Antonio provocó más de un escándalo entre la aristocracia romana.

Las fuentes antiguas cuentan incluso que Antonio llegó a exhibirse acompañado por ella en uno de aquellos extravagantes desplazamientos que tanto escandalizaban a sus enemigos políticos.

Esto nos permite recordar algo que a veces olvidamos cuando hablamos de Roma.

Aquellas personas tenían sus actores favoritos.

Sus personajes famosos.

Sus escándalos.

Sus admiradores.

Y probablemente también sus discusiones después de una representación.

Cambian los siglos.

No tanto las personas.

El Teatro Romano de Mérida nunca echa el telón

Hay un momento durante mis visitas al Teatro que resulta especialmente satisfactorio.

Nos detenemos frente al gran escenario.

No necesitamos que haya actores.

Ni decorados.

Ni siquiera que se esté celebrando el Festival.

Porque el propio frente escénico ya está representando una historia.

Entre sus columnas aparecen Ceres, Proserpina y Plutón.

Y con ellos podemos reconstruir uno de los grandes relatos de la mitología clásica: el rapto de Proserpina.

Una madre que pierde a su hija.

Un dios del mundo subterráneo.

Una joven obligada a vivir entre dos mundos.

Y una explicación mítica para algo que todos los seres humanos observaban cada año: la llegada del invierno y el regreso de la primavera.

Las piedras dejan entonces de ser simplemente decoración arquitectónica.

Los personajes comienzan a relacionarse entre ellos.

El escenario vuelve a contar una historia.

Quizá por eso siempre digo que el Teatro Romano de Mérida nunca echa el telón.

Cuando hay Festival, hablan los actores.

Cuando no los hay, hablan sus piedras.

Y solamente hace falta detenerse un momento delante de ellas y prestar atención.

Esa es también la intención cuando recorremos el Teatro dentro de Entre Gladiadores y Mosaicos: no limitarnos a saber cuándo se construyó cada elemento, sino intentar comprender qué ocurría aquí cuando este lugar estaba vivo.

Porque visitar un monumento no debería consistir únicamente en contemplar lo que queda.

A veces merece la pena intentar escuchar también lo que falta.

Y en pocos lugares de Mérida resulta tan fácil hacerlo como aquí.

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