Muza a los pies de los muros de Mérida
Alcazaba de Mérida — Segunda Parte
Puede leer aquí la primera parte de nuestra historia sobre la Alcazaba de Mérida.
Cuando entramos hoy en la Alcazaba de Mérida es fácil pensar que la presencia musulmana en la ciudad comenzó con aquellos grandes muros.
Pero no fue así.
Cuando se construyó la Alcazaba que hoy conocemos, en el año 835, los musulmanes llevaban ya más de un siglo en Mérida.
Para encontrar el comienzo de esta historia tenemos que retroceder hasta los años 712 y 713, cuando todavía no existía la fortaleza y la ciudad acababa de contemplar uno de los cambios más profundos de toda su historia.
Y para entenderlo tenemos que comenzar un poco antes.
711: un reino se derrumba
En el año 711, el reino visigodo atravesaba uno de sus momentos más difíciles.
Las luchas internas por el poder habían debilitado profundamente a la monarquía cuando un ejército procedente del norte de África, dirigido por Tariq ibn Ziyad, cruzó el Estrecho.
El enfrentamiento decisivo con el rey visigodo Rodrigo tuvo lugar en julio de aquel año, en la batalla que tradicionalmente conocemos como Guadalete.
Rodrigo fue derrotado.
Y después desapareció.
Las crónicas y las leyendas discutirían durante siglos sobre su destino, pero políticamente aquello significaba algo mucho más importante: el poder visigodo había quedado prácticamente descabezado.
Las tropas de Tariq comenzaron entonces a avanzar por la Península.
Córdoba.
Toledo.
Y otras ciudades fueron cayendo en un proceso sorprendentemente rápido.
Pero no todas estaban dispuestas a abrir sus puertas.
Una de ellas era Mérida.
Mérida decidió resistir
Mérida ya no era aquella grandiosa Augusta Emerita de los tiempos del Imperio, pero continuaba siendo una de las ciudades más importantes de la antigua Hispania.
Y, sobre todo, tenía algo que iba a resultar decisivo:
unas magníficas murallas.
Las defensas romanas habían sido reforzadas durante la época visigoda y dentro de ellas se concentraron partidarios y tropas vinculados al desaparecido poder del rey Rodrigo.
Así que cuando Musa ibn Nusayr, gobernador del norte de África y superior de Tariq, llegó ante Mérida con su ejército, encontró algo que seguramente no esperaba.
La ciudad no se rindió.
Musa es el personaje que nuestras antiguas crónicas acabarían convirtiendo en el célebre “Moro Muza”.
Había cruzado el Estrecho en 712 con un importante ejército, siguiendo una ruta diferente de la que había tomado Tariq. Después de ocupar otras ciudades del sur, llegó ante las murallas de Mérida.
Y aquí se detuvo.
Durante meses.
Los intentos de asalto fueron rechazados y el ejército musulmán tuvo que establecer un verdadero sitio alrededor de la ciudad.
Podemos imaginar aquellos meses desde ambos lados de la muralla.
Fuera, miles de soldados esperando.
Dentro, una población que sabía perfectamente que el reino al que había pertenecido prácticamente había desaparecido.
Pero Mérida seguía resistiendo.
Seis meses frente a las murallas
Las fuentes nos hablan de combates, escaramuzas e incluso del empleo de máquinas de asedio.
Musa intentó quebrar aquella resistencia, pero las defensas emeritenses demostraron su eficacia.
Durante aproximadamente seis meses, la ciudad permaneció cercada.
No es difícil imaginar lo que aquello significaría para quienes estaban dentro.
Las reservas disminuyendo.
La incertidumbre.
Las noticias de que otras ciudades ya estaban en manos de los conquistadores.
Y la pregunta inevitable:
¿hasta cuándo se podía resistir?
Finalmente prevaleció la negociación.
El 30 de junio del año 713, Mérida capituló.
No fue simplemente la destrucción de una ciudad conquistada por la fuerza. Se alcanzó un acuerdo que permitió a buena parte de sus habitantes conservar sus bienes y continuar viviendo en ella, aunque las propiedades de quienes habían muerto durante los combates o habían abandonado la ciudad, junto con determinados bienes eclesiásticos, pasaron a manos de los vencedores.
Había terminado la Mérida visigoda.
Comenzaba Mārida, la Mérida de al-Andalus.
Pero en medio de aquel cambio de mundo aparece una mujer cuya vida parece escrita para una novela.
Egilona, la última reina visigoda
Se llamaba Egilona, aunque las fuentes también la conocen como Egilo, Ailo o Ayluna.
Había sido esposa del rey Rodrigo.
Después de la derrota de 711, la tradición la sitúa entre quienes terminaron refugiándose en Mérida, uno de los últimos grandes centros donde se habían concentrado los partidarios del desaparecido monarca.
Aquí debemos movernos con prudencia.
Las crónicas de aquellos primeros años de al-Andalus fueron escritas en momentos diferentes y mezclaron hechos, tradiciones y relatos elaborados posteriormente. No podemos afirmar con seguridad que Egilona gobernara la ciudad ni que fuera ella quien negociara personalmente su rendición con Musa.
Pero sí sabemos algo mucho más interesante.
Egilona sobrevivió.
Y su historia quedó unida a la de otro de los protagonistas de la conquista.
Abd al-Aziz ibn Musa, hijo del propio Musa.
El hijo del conquistador y la mujer del último rey
Abd al-Aziz había acompañado a su padre durante la conquista y, después de la marcha de Musa hacia Damasco, terminaría convirtiéndose en uno de los primeros gobernadores de al-Andalus.
Y se casó con Egilona.
Pocas uniones podían representar de manera más extraordinaria el mundo que estaba naciendo.
Ella había sido la esposa del último gran rey visigodo derrotado por los conquistadores.
Él era hijo del hombre que había dirigido la conquista de Mérida.
Dos mundos aparentemente enfrentados terminaron unidos por matrimonio.
¿Fue solamente una decisión política?
Es muy posible que el matrimonio ayudara a Abd al-Aziz a acercarse a la aristocracia visigoda y a presentarse ante la población conquistada como un gobernante capaz de integrar parte del antiguo poder.
Pero las crónicas posteriores fueron mucho más lejos.
Convirtieron a Egilona en una mujer de enorme carácter e influencia sobre su nuevo marido.
Y aquí comienza una de las historias más fascinantes de aquellos primeros años de al-Andalus.
Una reina que no quería dejar de ser reina
Algunos relatos cuentan que Egilona intentó introducir en la corte de Abd al-Aziz costumbres propias de la antigua monarquía visigoda.
Incluso se decía que quería que quienes acudieran ante su marido inclinaran la cabeza como lo habían hecho ante los antiguos reyes.
Quizá fueran hechos reales.
Quizá fueran exageraciones posteriores.
Pero lo verdaderamente importante es lo que aquellas historias nos cuentan sobre la percepción que tenían los contemporáneos de aquella pareja.
La influencia de Egilona comenzó a despertar sospechas.
Entre algunos de los compañeros de Abd al-Aziz circuló incluso el rumor de que la antigua reina podía estar acercándolo demasiado al cristianismo y a las formas de poder de los visigodos.
¿Pretendía convertirse en una especie de rey independiente de al-Andalus?
¿Había abandonado la religión islámica?
No podemos asegurarlo.
Lo que sí sabemos es que aquellas sospechas resultaron mortales.
La muerte de Abd al-Aziz
En el año 716, apenas tres años después de la capitulación de Mérida, Abd al-Aziz fue asesinado en Sevilla.
Las fuentes sitúan su muerte en un antiguo edificio cristiano dedicado a Santa Rufina, transformado entonces en lugar de oración musulmán.
Sus propios hombres participaron en el asesinato.
Detrás de aquella muerte se encontraban probablemente razones políticas mucho más complejas que una simple historia de amor: las sospechas de que Abd al-Aziz estaba acumulando demasiado poder, su relación con la antigua aristocracia visigoda y los recelos que todo ello despertaba en el poder omeya.
Pero las crónicas conservaron una explicación mucho más sugerente.
La de un hombre enamorado de la antigua reina visigoda que, bajo su influencia, había comenzado a comportarse demasiado como aquellos reyes a los que sus propios ejércitos habían derrotado.
Historia y leyenda vuelven aquí a caminar juntas.
Y de Egilona nuevamente sabemos poco.
Su figura comienza a desaparecer entre las sombras de las crónicas.
Había sobrevivido a Rodrigo.
Había sobrevivido a la caída del reino visigodo.
Había sobrevivido a la conquista de Mérida.
Y ahora también sobrevivía a Abd al-Aziz.
Después, su rastro se vuelve mucho más difícil de seguir.
Y todavía no existía la Alcazaba
Todo esto ocurrió antes de que existiera la Alcazaba de Mérida.
Cuando Musa contempló las murallas de la ciudad, cuando sus tropas pasaron meses intentando vencer su resistencia, cuando Egilona y Abd al-Aziz cruzaron sus destinos, la fortaleza que hoy visitamos todavía no había sido levantada.
Lo que sí existía era algo que acabaría explicando su construcción.
Una ciudad difícil de controlar.
Una ciudad protegida por poderosas defensas.
Una población con una extraordinaria conciencia de su importancia.
Y una relación complicada con quienes intentaban gobernarla desde lejos.
Durante el siglo siguiente, Mérida protagonizaría nuevas rebeliones contra el poder de Córdoba.
Hasta que, finalmente, el emir Abderramán II decidió que aquello tenía que terminar.
En el año 835 mandó levantar junto al Puente Romano una gran fortaleza destinada a proteger a las autoridades, controlar el acceso a la ciudad y mantener una guarnición permanente.
Entonces sí nació la Alcazaba de Mérida.
Pero entre la entrada de Musa en 713 y aquellas primeras piedras de 835 habían pasado 122 años.
Por eso, cuando atravesamos hoy la puerta de la Alcazaba, quizá convenga recordar algo.
La historia de aquella fortaleza no empieza cuando se construyen sus muros.
Empieza mucho antes.
Empieza con una ciudad que se negó a rendirse.
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