El Anfiteatro Romano de Mérida: antes de salir a la arena

Cuando entramos en el Anfiteatro Romano de Mérida, casi todos dirigimos inmediatamente la mirada hacia la arena.

Es inevitable.

Allí combatieron gladiadores. Allí se enfrentaron hombres y fieras. Allí miles de personas gritaron, apostaron, aplaudieron y contemplaron algunos de los espectáculos más duros que podía ofrecer la antigua Roma.

Pero durante mis visitas hay otro lugar que me interesa especialmente.

No está en el centro de la arena.

Está justo antes de llegar a ella.

Porque quizá para comprender verdaderamente a un gladiador no deberíamos comenzar preguntándonos qué hacía cuando combatía.

Tal vez deberíamos preguntarnos qué hacía unos minutos antes de combatir.

El Anfiteatro de Augusta Emerita

El Anfiteatro Romano de Mérida fue inaugurado en el año 8 a. C., durante el gobierno de Augusto.

Formaba, junto con el Teatro, uno de los grandes conjuntos destinados al ocio de la colonia de Augusta Emerita.

Pero aquí no se acudía para escuchar una tragedia o una comedia.

Aquí se iba a contemplar el peligro.

En su arena se desarrollaban los combates de gladiadores, las luchas entre animales y las conocidas como venationes, espectáculos en los que hombres y fieras podían enfrentarse ante miles de espectadores.

Las gradas se llenaban.

Las autoridades ocupaban sus lugares de privilegio.

Los espectadores esperaban.

Y mientras todo aquello ocurría, en las galerías que conducían hacia la arena otros hombres esperaban también.

Los gladiadores.

El instante anterior

Tendemos a imaginar al gladiador cuando ya está combatiendo.

Casco.

Escudo.

Gladius.

Tridente.

Red.

Sangre sobre la arena.

Pero entre el hombre que esperaba en una estancia del Anfiteatro y el personaje que unos minutos después contemplarían miles de personas debía existir un instante extraordinariamente humano.

El momento anterior a salir.

Podía haber entrenado durante años.

Podía conocer perfectamente a su adversario.

Podía haber sobrevivido a otros combates.

Podía tener seguidores entre el público.

Pero nada de eso garantizaba que volviera a atravesar aquella puerta.

Y cuando un hombre sabe que está a punto de jugarse la vida, incluso el más fuerte necesita aferrarse a algo.

Los gladiadores tenían a Némesis.

Némesis, protectora de los gladiadores

Némesis era una divinidad de origen griego vinculada a la justicia, al destino y a la fortuna.

Pero en el mundo de los anfiteatros adquirió una relación especialmente estrecha con quienes se jugaban la vida sobre la arena.

Los gladiadores se encomendaban a ella antes del combate.

Podemos imaginar la súplica:

“Madre protectora Némesis, tú que estás en tan alta majestad, ruego que permitas que salga con los mismos pies con los que entro.”

Pocas frases explican mejor lo que podía sentir un gladiador.

No está pidiendo vencer.

No está pidiendo gloria.

Ni siquiera está pidiendo matar a su adversario.

Está pidiendo algo mucho más sencillo.

Volver andando. No salir “con los pies por delante”.

Entrar sobre sus propios pies.

Y salir sobre esos mismos pies.

Cuando explicamos los espectáculos romanos podemos hablar de armamento, técnicas de combate o categorías de gladiadores.

Pero esta oración nos descubre al hombre que estaba debajo del casco.

Y posiblemente también su miedo.

La placa votiva de Némesis del Anfiteatro de Mérida

Lo extraordinario es que en Mérida no tenemos que recurrir únicamente a los textos antiguos para hablar de esta devoción.

La arqueología nos ha dejado una prueba dentro del propio Anfiteatro.

En una de las galerías de acceso a la arena apareció una inscripción pintada sobre un fondo rojizo, enmarcada como una tabula ansata.

La inscripción estaba dedicada a:

Dea Invicta Caelestis Nemesis.

La invicta diosa celestial Némesis.

Y junto a su nombre aparece el de quien realizó la dedicación:

Marcus Aurelius Felicio, procedente de Roma.

Aquella placa votiva dedicada a Némesis se conserva actualmente en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida.

Y aquí se produce una de esas conexiones que me gusta especialmente mostrar cuando realizamos una visita al Museo Nacional de Arte Romano.

Primero podemos caminar por el lugar donde aquellos hombres esperaban antes de entrar en la arena. Después, en el Museo, podemos encontrarnos frente al objeto que nos habla de sus creencias, de sus temores y de la divinidad a la que se encomendaban.

Anfiteatro y Museo dejan entonces de ser dos visitas independientes.

Uno conserva el escenario.

El otro conserva algunas de las voces de quienes estuvieron allí.

Tenemos el lugar.

Tenemos a la diosa.

Tenemos la placa de Némesis.

Y tenemos incluso el nombre de una persona que le hizo una promesa hace aproximadamente mil ochocientos años.

De repente, la distancia empieza a hacerse un poco más pequeña.

Las puertas de la arena

Para acceder a la arena, los gladiadores atravesaban las grandes galerías situadas en los extremos del eje mayor del Anfiteatro.

A los lados existían distintas dependencias cuyo uso continúa siendo objeto de interpretación: algunas pudieron servir a gladiadores, otras a las fieras y alguna estuvo probablemente relacionada con el culto a Némesis.

Después estaba la puerta.

Al otro lado comenzaba el espectáculo.

Imagínese durante unos segundos en ese lugar.

Desde el interior llega el rumor de miles de espectadores.

No puede ver todavía la arena completa.

Quizá escucha el nombre de otro gladiador.

Quizá alguien comprueba por última vez una correa o un arma.

Y después llega el momento.

Se abre el paso.

La luz.

El público.

La arena.

A partir de ahí ya no hay posibilidad de volver atrás.

No todos los gladiadores eran iguales

Tampoco debemos imaginar un ejército de hombres equipados de la misma manera.

El espectáculo necesitaba variedad.

Había diferentes tipos de gladiadores, cada uno con su armamento y forma de combatir.

El retiarius, por ejemplo, aparecía equipado con red y tridente y prácticamente sin protección pesada.

Frente a él podía encontrarse un secutor, preparado precisamente para perseguirlo.

El murmillo utilizaba un gran escudo rectangular y una espada corta.

El thraex combatía con un pequeño escudo y un arma curva.

Roma convertía así cada enfrentamiento en algo reconocible para el espectador.

El público conocía las especialidades.

Tenía preferencias.

Y algunos gladiadores llegaron a adquirir enorme popularidad.

No eran simplemente condenados enviados a morir.

Entre ellos había esclavos, prisioneros y condenados, pero también hombres que voluntariamente ingresaban en las escuelas gladiatorias.

Entrenaban.

Aprendían.

Combatían.

Y si sobrevivían suficientes veces podían convertirse en personajes admirados.

La fosa que vemos hoy

En medio de la arena del Anfiteatro de Mérida encontramos uno de los elementos que más preguntas provoca durante una visita.

La gran fosa central.

Hoy permanece abierta y resulta imposible no verla.

Pero el espectador romano probablemente no la contemplaba así.

Debió estar cubierta mediante un entarimado de madera, formando parte de toda la maquinaria necesaria para desarrollar los espectáculos.

En su interior podían almacenarse jaulas para las fieras y diferentes elementos escénicos.

Eso significa que la arena que contemplamos actualmente no ofrece exactamente la misma imagen que veía un espectador hace dos mil años.

Donde nosotros vemos un enorme hueco central, ellos contemplaban una superficie preparada para el espectáculo.

Y debajo esperaba todo aquello que todavía debía aparecer.

El público también formaba parte del espectáculo

A veces nos fijamos tanto en los gladiadores que olvidamos a quienes verdaderamente justificaban su existencia.

Los espectadores.

El Anfiteatro estaba concebido para albergar a miles de personas organizadas en diferentes sectores según su posición social.

La sociedad romana también se reconocía en las gradas.

Había lugares mejores.

Lugares peores.

Tribunas reservadas.

Autoridades.

Personas importantes.

Y una multitud que había acudido buscando espectáculo.

Probablemente gritaban el nombre de sus favoritos.

Comentaban los combates.

Apostaban.

Protestaban.

Celebraban.

Roma sabía perfectamente algo que seguimos sabiendo nosotros:

un gran espectáculo necesita protagonistas.

Pero también necesita público.

Y después había que salir

Cuando recorremos actualmente el Anfiteatro podemos detenernos sobre la arena, mirar las gradas y reconstruir mentalmente un combate.

Es relativamente sencillo imaginar el ruido.

Más difícil resulta imaginar el silencio anterior.

Por eso me gusta detenerme antes.

En esas galerías.

En esos pequeños espacios próximos a la arena.

Allí podemos olvidar durante un momento al personaje y pensar en el hombre.

Un hombre que sabía que, tras aquella puerta, miles de personas esperaban verlo combatir.

Y que antes de cruzarla podía encomendarse a una diosa.

Némesis.

No necesariamente para convertirse en héroe.

Ni para alcanzar la gloria.

Simplemente para pedirle que, cuando todo hubiera terminado, pudiera abandonar aquella arena de la misma manera en que había entrado.

Sobre sus propios pies.

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